El óxido nitroso, conocido como gas de la risa, se ha convertido en una de las drogas recreativas más extendidas en Bélgica y en uno de los problemas más difíciles de contener. Barato y comercializado como un accesorio para fiestas, su consumo se ha extendido en discotecas, festivales, parques, almacenes y fiestas privadas, mientras las autoridades luchan por reducir sus consecuencias sanitarias y ambientales, informa The Brussels Times.
El fenómeno cobró fuerza durante la pandemia, cuando el cierre de bares y discotecas llevó a los jóvenes a reunirse en espacios como parques y fiestas clandestinas. El óxido nitroso encajó en ese entorno por su bajo precio, facilidad de transporte y posibilidad de compartirlo. El gas suele inhalarse mediante globos que se llenan previamente a partir de cilindros metálicos, que actualmente se comercializan con colores brillantes, sabores dulces y una imagen asociada a las fiestas, además de promociones y entregas a domicilio.
Deborah Apelmaen, comisaria de la zona policial de Bruselas-Midi, señaló que el óxido nitroso es una droga recreativa barata y que se encuentra en discotecas, festivales y fiestas clandestinas. Según la comisaria, los consumidores pueden perder completamente el contacto con la realidad entre 10 y 30 segundos, lo que representa un riesgo especialmente grave si alguien conduce bajo sus efectos.
Delirio, multas y explosiones
Fred Laudens, del Centro Flamenco de Expertos en Alcohol y Otras Drogas, señala que el gas puede generar dependencia psicológica. El uso excesivo puede dañar los nervios, provocar deficiencia de vitamina B12 y, en casos extremos, parálisis, mientras que la inhalación directa desde los cilindros puede provocar graves congelaciones. El gas también puede producir euforia, distorsión del sonido y alteraciones de la percepción.
Bélgica prohibió hace dos años el uso recreativo, la venta y la posesión de óxido nitroso, con excepciones para fines médicos, técnicos y la industria alimentaria. Las sanciones incluyen multas de hasta 500 euros por bombona en Bruselas y la remisión de casos a la fiscalía. Sin embargo, la prohibición no ha eliminado el consumo y ha trasladado el tráfico cada vez más hacia redes criminales. Una bombona puede costar unos 50 euros (56 dólares) y proporcionar gas suficiente para un grupo durante una noche.
A la problemática sanitaria se suma la gestión de los cilindros vacíos, que se han vuelto habituales en parques, zonas próximas a discotecas, carreteras y calles residenciales. Cuando los recipientes presurizados llegan a plantas de tratamiento de residuos y son triturados, pueden explotar violentamente y dañar la maquinaria, además de obligar a detener las incineradoras. Nathalie Debast, de la Asociación Flamenca de Ciudades y Municipios, estima que cada explosión supone un coste de unos 250.000 euros (283.000 dólares) y señala que los daños alcanzaron los 12 millones de euros (13 millones de dólares) solo en 2025.


